Hace algunos años, de paso por Uruguay y luego de unas elecciones generales, me sorprendió el análisis que hacia un candidato perdidoso en una entrevista radial. Decía que a pesar de la derrota, estaba feliz porque su partido era el que más había crecido, nada menos que un 700%, pasando del 0,1 al 0,7 %.
La historia viene a cuento, porque una de las cosas que más llama la atención a los observadores externos de la Argentina, o a quienes tenemos ocasión de viajar y tomarnos esos "cinco minutos" para mirar a nuestro país desde fuera, es la forma notablemente ensimismada, o para decirlo de una manera más risueña, argentinocéntrica, con que apreciamos nuestra realidad política y económica.
Nos cuesta mucho ver a Argentina integrada al mundo, o al menos con otros países, incluso con nuestros vecinos. Nos cuesta mucho aceptar y entender que Argentina está, nos guste o no, dentro de un mundo cada vez más integrado (o globalizado como se suele decir) y que sufre los vaivenes positivos y negativos de lo que ocurre allende los mares. Nos cuesta mucho ver a Argentina relativamente, es decir en relación con otros países. Consecuencia de este deliberado aislamiento cultural es el auge de ideas fuerzas y criterios generalizados que -impulsados por los gobiernos- suelen tener amplio apoyo popular aunque son en general erróneos en lo que refiere a la política o la economía.
En los 90´ por ejemplo, con las ideas privatizadoras de moda, el mensaje oficial decía que Argentina era líder casi único en materia de privatizaciones y desregulaciones. Y la verdad, más allá de los aciertos, errores y horrores de estas políticas, -señalados estos últimos recurrentemente desde la Fundación Libertad y otras organizaciones- es que en esos tiempos todos los países de América Latina llevaron adelante procesos de privatización. También lo hicieron los países de Europa del Este e incluso Europa Occidental, que a través de las normas de la Unión Europea recibieron un fuerte impulso desestatizador.
Hoy, uno de los slogans oficiales -repetido a coro por muchos dirigentes políticos y empresariales- es que Argentina está viviendo un boom de exportaciones. ¿Es así realmente? Cierto es que entre 2001 y 2006 las exportaciones argentinas crecieron un 75%. El número es sin dudas notable, incluso impresionante. Pero cierto es también que el número pierde magnitud si lo ponemos en contexto, es decir si lo comparamos con el de otros países, los de Sudamérica por ejemplo. En el cuadro adjunto podemos ver la evolución de las exportaciones de todos los países sudamericanos en el periodo 2001/2006, el resultado es llamativo:
Ver cuadro 1
Como se puede apreciar, a partir de las excelentes condiciones de la economía internacional y del elevado precio de los commodities, todos los países sudamericanos aumentaron fuertemente sus ventas externas. En ese contexto, las exportaciones argentinas fueron las que más módicamente crecieron: 75%. Países como Perú (238%) y Chile (218%), han triplicado el aumento de la Argentina. También la poderosa economía brasilera, ha generado un aumento de sus ventas muy superior al nuestro. Llama la atención además correlacionar este aumento con la evolución del tipo de cambio, lo cuál puede apreciarse en el siguiente gráfico:
Ver cuadro 2
A modo de ejemplo, Argentina mejoró el tipo de cambio real efectivo casi un 130 % en el lapso 2001/2006, mientras que Brasil o Chile deterioraron su cambio en 24,6% y 12,8% respectivamente. Sin embargo la evolución de las exportaciones ha sido bien disímil entre uno y otros.
Pareciera ser claro que además de un tipo de cambio competitivo -legítimo reclamo del empresariado- el proceso de desarrollo exportador requiere otras cosas que en Argentina están aún muy lejos de producirse. Seguridad jurídica, reglas de juego claras, apertura a las inversiones nacionales y extranjeras, ausencia de impuestos distorsivos, y regulaciones anti-exportadoras (los casos de la retenciones o de la ganadería y lechería son contundentes), mercados de capitales dinámicos, innovación tecnológica y competitividad empresaria, entre otros, son factores que garantizan un crecimiento de las exportaciones sostenido. Sobre todo, es inimaginable esta sostenibilidad si la rentabilidad del sector privado depende de decisiones ministeriales.
Pero más allá de estas consideraciones puntuales sobre lo que ocurre con las exportaciones argentinas, tal vez el mensaje final debiera ser este: el mundo también existe. No debemos vernos como el ombligo del orbe. Debemos compararnos con los demás, mirarnos en relación a otros, que es la única forma de saber como vamos realmente.
Volviendo al inicial ejemplo de candidato uruguayo, el 0,7% de los votos no debería conformarnos, sobre todos si los demás tienen 10, 20 o 30%.
La historia viene a cuento, porque una de las cosas que más llama la atención a los observadores externos de la Argentina, o a quienes tenemos ocasión de viajar y tomarnos esos "cinco minutos" para mirar a nuestro país desde fuera, es la forma notablemente ensimismada, o para decirlo de una manera más risueña, argentinocéntrica, con que apreciamos nuestra realidad política y económica.
Nos cuesta mucho ver a Argentina integrada al mundo, o al menos con otros países, incluso con nuestros vecinos. Nos cuesta mucho aceptar y entender que Argentina está, nos guste o no, dentro de un mundo cada vez más integrado (o globalizado como se suele decir) y que sufre los vaivenes positivos y negativos de lo que ocurre allende los mares. Nos cuesta mucho ver a Argentina relativamente, es decir en relación con otros países. Consecuencia de este deliberado aislamiento cultural es el auge de ideas fuerzas y criterios generalizados que -impulsados por los gobiernos- suelen tener amplio apoyo popular aunque son en general erróneos en lo que refiere a la política o la economía.
En los 90´ por ejemplo, con las ideas privatizadoras de moda, el mensaje oficial decía que Argentina era líder casi único en materia de privatizaciones y desregulaciones. Y la verdad, más allá de los aciertos, errores y horrores de estas políticas, -señalados estos últimos recurrentemente desde la Fundación Libertad y otras organizaciones- es que en esos tiempos todos los países de América Latina llevaron adelante procesos de privatización. También lo hicieron los países de Europa del Este e incluso Europa Occidental, que a través de las normas de la Unión Europea recibieron un fuerte impulso desestatizador.
Hoy, uno de los slogans oficiales -repetido a coro por muchos dirigentes políticos y empresariales- es que Argentina está viviendo un boom de exportaciones. ¿Es así realmente? Cierto es que entre 2001 y 2006 las exportaciones argentinas crecieron un 75%. El número es sin dudas notable, incluso impresionante. Pero cierto es también que el número pierde magnitud si lo ponemos en contexto, es decir si lo comparamos con el de otros países, los de Sudamérica por ejemplo. En el cuadro adjunto podemos ver la evolución de las exportaciones de todos los países sudamericanos en el periodo 2001/2006, el resultado es llamativo:
Ver cuadro 1
Como se puede apreciar, a partir de las excelentes condiciones de la economía internacional y del elevado precio de los commodities, todos los países sudamericanos aumentaron fuertemente sus ventas externas. En ese contexto, las exportaciones argentinas fueron las que más módicamente crecieron: 75%. Países como Perú (238%) y Chile (218%), han triplicado el aumento de la Argentina. También la poderosa economía brasilera, ha generado un aumento de sus ventas muy superior al nuestro. Llama la atención además correlacionar este aumento con la evolución del tipo de cambio, lo cuál puede apreciarse en el siguiente gráfico:
Ver cuadro 2
A modo de ejemplo, Argentina mejoró el tipo de cambio real efectivo casi un 130 % en el lapso 2001/2006, mientras que Brasil o Chile deterioraron su cambio en 24,6% y 12,8% respectivamente. Sin embargo la evolución de las exportaciones ha sido bien disímil entre uno y otros.
Pareciera ser claro que además de un tipo de cambio competitivo -legítimo reclamo del empresariado- el proceso de desarrollo exportador requiere otras cosas que en Argentina están aún muy lejos de producirse. Seguridad jurídica, reglas de juego claras, apertura a las inversiones nacionales y extranjeras, ausencia de impuestos distorsivos, y regulaciones anti-exportadoras (los casos de la retenciones o de la ganadería y lechería son contundentes), mercados de capitales dinámicos, innovación tecnológica y competitividad empresaria, entre otros, son factores que garantizan un crecimiento de las exportaciones sostenido. Sobre todo, es inimaginable esta sostenibilidad si la rentabilidad del sector privado depende de decisiones ministeriales.
Pero más allá de estas consideraciones puntuales sobre lo que ocurre con las exportaciones argentinas, tal vez el mensaje final debiera ser este: el mundo también existe. No debemos vernos como el ombligo del orbe. Debemos compararnos con los demás, mirarnos en relación a otros, que es la única forma de saber como vamos realmente.
Volviendo al inicial ejemplo de candidato uruguayo, el 0,7% de los votos no debería conformarnos, sobre todos si los demás tienen 10, 20 o 30%.

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